martes, 28 de octubre de 2014

Precipicios.

Hay personas salvavidas,
personas escombro,
personas paraguas,
personas espejo,
personas coraza
y luego ya,
por último,
mis preferidas;
personas precipicio
a las que te acercas,
con cuidado
despacito,
es decir,
a grandes zancadas.
Creyendo que tienes alas,
que eres pájaro.
Pero cuando estás en el borde
divisando cuan bonitas son las vistas,
te resbalas
y caes,
a un vacío incierto,
te das contra el suelo
partiendote así en mil pedazos,
y entonces piensas en lo injusto que es qué llegue alguien
y te rompa por completo.
Ya no duermo,
porque te llevaste mis sueños de la mano
que quiero que me los devuelvas,
he perdido la cabeza,
ya sabes que no se me da bien recordar
y no sé donde (te) la dejé.
También te pido que me des el corazón,
porque te lo llevaste entero,
sin pedir ningún tipo de permiso.
Me paso las tardes
frente al televisor,
con la pantalla gris,
emitiendo en frecuencias
que
no
existen,
como yo.
Solo espero que entres por esa puerta,
que no he cambiado la cerradura,
y sé que aún tienes la llave.
Devuelveme lo que es mío,
quiero volver a soñar,
y que al abrir las ventanas de mi habitación,
entre luz,
no solo esos rayos cegadores
que tanto me molestan
si no te tengo a ti,
para hacerlos sombra.
Estoy a falta de esos abrazos por la espalda
que me dabas para despertarme,
y que acababan en un polvo rápido,
antes de vestirnos,
e ir apresuradamente a trabajar.
Llegar a casa por la tarde,
y que estuvieses allí,
esperándome con tu mejor sonrisa,
hacer la cena juntos,
y acabar otra vez haciendolo sobre la encimera,
pero mucho más salvaje.
Tumbarnos en el sofá
y ver las mismas películas de la 3
que te gustaban tanto.
Y luego acostarnos,
siendo así las sábanas
las únicas testigos de lo nuestro.
Que si no vas a volver,
al menos,
devuelveme la vida,
que quiero colgarme de otra persona precipicio
pero esta vez,
con un puto paracaídas.